En casa comemos sano

En casa comemos sano; Nada de azúcares refinados, nada de carbohidratos, somos veganos, practicamos ayunos, tomamos zumos détox, llevamos una dieta crudivegana…

Mantras de hoy, aparentemente muy positivos porque denotan una transformación en los valores y hábitos de vida y, a la vez, controvertidos y peligrosos porque debajo de su potente argumentario van apareciendo nuevos casos de Trastornos de la conducta alimentaria (TCA), resultado de no haber contado con el suficiente autoapoyo (amor, cuidado, compasión, respeto, flexibilidad hacia mí misma) como para vivirlos e incorporarlos de una forma razonable, espontánea y por tanto saludable.

Desarrollaré algunos argumentos para reflexionar sobre el cómo y desde donde se accionan estos nuevos discursos.

La cosa comienza como respuesta a una industria alimentaria que, cada vez ha abusado más de químicos, aditivos, conservantes, azúcares, etc. contribuyendo a cuadriplicar las tasas de obesidad en las últimas cuatro décadas en los países occidentales y a empeorar la salud de todos y todas. Lo cual ha producido una reacción en contra que ha ido creciendo: oposición a un tipo de consumo alimentario totalmente desvinculado de las necesidades reales del ser humano y de la naturaleza y una apuesta por volver a una alimentación mucho más orgánica y natural, evitando productos procesados, consumiendo más verdura fresca, menos proteína animal, reduciendo o eliminando el azúcar refinado y apostando por lo ecológico y por la proximidad. Hasta aquí la cosa va bien.

Y ¿qué hace la industria alimentaria con este nuevo discurso? Lo que hace el capitalismo en general con las sensibilidades y necesidades emergentes; convertirlas en producto de consumo. Adaptando las demandas sociales a sus intereses económicos. Convirtiendo por ejemplo el simple consumo de frutas y verduras en todo un producto de marketing; zumos détox. Porque si lo natural es comer “sano”, lo preocupante es que la industria que inventó todo tipo de cosas comestibles no nutritivas, ahora nos vende la solución para desintoxicarnos de los tóxicos que ella misma nos ha vendido. Aquí el tema empieza a complicarse.

Otra implicada es la industria de la belleza, cómplice gracias a la grandísima estrategia de marketing que ha conseguido que creamos que salud = belleza = delgadez. Con ello, los productos détox, el gim, el pilates y la zumba, el running y el spinning, las cremas antiarrugas y la ropa deportiva de moda, empiezan a hacer su agosto. De nuevo, la industria que ha introducido esta idea en el mercado es la misma que primero ha deteriorado nuestra salud y nos ha hecho engordar. El negocio perfecto y también la tormenta perfecta.

Por ello, todos los mensajes que recibimos a diario sobre las nuevas tendencias alimentarias y hábitos saludables contienen intereses económicos detrás. La industria los ha adoptado como propios; se repiten los argumentos hasta la saciedad, se crea toda una industria alrededor de ello y se ponen de moda en un plis plas! Acabamos asociando este tipo de consumo a un grupo social al que queremos pertenecer, y seguimos sus directrices para estar en la lógica del constante automejoramiento, perfección, belleza física y juventud.

Lo siguiente que sucede, a mi entender, es que nadie se acuerda de que no sólo comemos para satisfacer una necesidad orgánica. La comida tiene otras funciones, ampliamente analizadas y reconocidas como la función de socialización, la activación del principio del placer y la regulación emocional.

El dicho “se han juntado el hambre con las ganas de comer” indica la doble función de la comida; función de satisfacción de una necesidad orgánica precedida por la saciedad y función de activación del principio del placer. Es decir, comemos también por gula, por gusto, para disfrutar y eso no podemos o no debemos evitarlo (a menos que estemos iluminados). Si lo hacemos, estamos colocándonos en la zona peligrosa de la insatisfacción que activa la compulsión y si, como muchas, vivimos una vida demasiado llena de esfuerzo, estrés y obligaciones, añadimos más displacer a nuestra vida.

Si pensamos en comer “sano”, sin que provenga de una convicción interna responsable y propia, sino porque “TENGO QUE…”, si lo hacemos desde el esfuerzo, si no disfrutamos de lo que comemos y tenemos pocos momentos de placer en nuestro día, como poco, vamos a sufrir y como peor abrimos la puerta a conductas adictivas y compulsivas con la comida.

No nos engañemos, nadie se comerá unas judías tiernas después de un día de trabajo horrible buscando en ese manjar el instante placentero del día. Va a necesitar el chocolate, las patatas fritas o la cervecita. Esto ni está bien ni está mal. En todo caso, sería mucho más sano para nosotr@s no emitir una autosentencia condenatoria al respecto, dado que es la condena que nos imponemos la que va a determinar si nos comemos cuatro patatas fritas o toda la bolsa…

Los especialistas llamaban a las “dietas” factor de riesgo precipitante, presente en el 95% de los casos de TCA. Ahora hemos pasado de la antigua “dieta” a la moderna “comida sana” que sigue escondiendo control y restricción.

Algunas pistas para protegernos de convertir nuestra conducta alimentaria en una verdadera pesadilla o en un trastorno:

  1. La primera cosa que recomendaría es hacer un reset; borrar toda la información que he acumulado sobre nutrición. Descansa en el no saber, respira y confía en la autorregulación de tu organismo. Ya sea hambre física o emocional, atiende la necesidad o el deseo y satisfácete consciente y responsablemente.
  2. Lo segundo que diría es que a pesar de que los alimentos insanos lo son, no matan de golpe, no engordan de golpe, no te convierten en enferma de golpe y los sanos no curan enfermedades por si solos y no nos mantienen sanos por si solos. No. Esto es muy importante. También nos mata trabajar y lo hacemos, dormir menos de 8 horas y lo hacemos, sentirnos tristes y no llorar, enfadarnos y hacer que no estamos enfadadas, nos mata la contaminación, hacer muchas cosas, no sentir amor y no entregarnos a la vida y a los demás. Nos mata, sobretodo, envejecer y eso no depende de nosotr@s.
  3. Hacer, controlar, evitar, cambiar son actitudes estresantes y frustrantes. Provienen de la necesidad de control y demuestran una cierta omnipotencia; yo puedo controlar mi destino, esquivar la muerte y la enfermedad. Es mentira.
  4. El Control es neurótico. Implica no escuchar a la persona que sufre dentro, que tiene miedo a su destino o a la vida… este control impide el disfrute y aumenta el sufrimiento que se evita con más control… Y esta actitud vital es más dañina que cien helados.
  5. Come lo mejor que puedas con sentido común, si te supone un exceso de esfuerzo, voluntad de hierro, tiempo extra y energía no estás fluyendo. Por tanto compra y come de forma que puedas sentirte que te cuidas con el menor sobrecoste de energía posible.
  6. Cuida tu mente y tus emociones siempre, dedícate tiempo de descanso y de disfrute y siéntete libre de comerte un helado cuando te apetezca, disfrútalo, con presencia y consciencia y agradece a la vida que alguien los inventara.
  7. Si notas que “necesitas” ese control, que te culpas demasiado cuando caes en las tentaciones de la comida insana, que en ocasiones no llegas a sentirte saciada y sigues comiendo aunque comprendes que es demasiado, si “pecas” a escondidas o si otorgas a un donut el poder de hacerte felíz, acude a terapia.

Cuidarse es también no quitarse la muleta cuando todavía no se ha aprendido a andar, la mayoría llevamos muleta, casi ninguno sabemos andar, se compasiva contigo misma.

Si quieres leer mis artículos sobre TCA, puedes encontrarlos aquí. Si lo que quieres es una sesión de terapia, por favor, contacta conmigo.

2018-09-26T21:16:55+00:00Categories: Gestalt Adultos, Marta Andujar, Transtornos Alimentarios|

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